María Soledad Merindol
Cuerpo Desconocido
Ella sólo quería que le rompiesen el culo. Quería sentir en su propio cuerpo lo que sentía él lejos de ella. Quería entender por qué él se había ido. Ella sabía que no quería exponerse una vez más y sólo se entregaba a relaciones pasajeras que cumplieran con el mandato que impartía: "sólo el culo", decía ella. No buscaba promesas de amor eterno, ni relaciones extensas. Quería saber que si, de haberlo hecho antes él, seguiría a su lado. Entendió que él se fue buscando en otros lo que ella no le entregó. Se preguntó una y mil veces qué fue lo que hizo que él cambiara tanto, que ya no la quisiera, que sus palabras dulces se transformaran en afilados dardos. Quiso entender con la cabeza lo que el corazón le demostraba a cada paso. No pudo hacerlo hasta que él le dijo que su decisión no iría a cambiar, que la dejaba para siempre y que no preguntara las razones porque no las había, simplemente había dejado de quererla. Ella vio como él hizo sus valijas y se fue. El tiempo ayudó a sanar las heridas pero no a olvidarlo, a dejar de pensar en él durante todas las horas del día, a imaginar cómo sería su vida si aún siguieran juntos. Y un día, de pronto, se lo cruzó en un bar. Pensó que todas sus súplicas habían sido oídas. Pero no. Él la saludó y le presentó a Andrés, su pareja. Ese día se fue con alguien recién conocido con una única idea rondando en su cabeza. Quería quitarse la bronca y no le importaba cómo ni con quien. Sólo quería hacerlo de una vez y dejar atrás todo lo que sentía. Esa noche sintió que su cuerpo se rompía en mil pedazos cuando aquel cuerpo desconocido la penetraba por atrás tal como ella le había pedido. Sintió ganas de llorar, de escapar, de quedarse sola, pero se guardó las lágrimas hasta que quedó sola en el vacío de su cama. Entonces desahogó toda su pena, su rabia, su dolor y se prometió no volver a llorar por un hombre. Desde ese momento todos pagarían por él. Quería vengarse de él sin pensar en ella misma. Noche a noche buscó quién llevarse a la cama. Buscó en todas partes. Sin reparos ni miramientos todos eran recibidos por ella. Uno a uno cumplieron con la promesa que le hicieron al entrar en su cama: no tocar más allá del conducto anal.
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Analecta Literaria
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