Fernando Reyes Franzani

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Fernando Reyes Franzani

Un Poema Inédito
Especial para Punto de Partida
Copyright © 2011 Analecta Literaria
 



NOCHE Y DÍA

Cuando él va, en una oscura decisión
contra el tiempo, que para ir no necesita excusas,
pero siempre la busca para desenfrentar
la oportunidad del encuentro:

Como saber si Paula hubiera aparecido,
como si el deseo de verla fuera resistible
y no bastara, sin avisarte la visita,
y así lo hace siempre
a modo de eludir el rastro que le estraga:
y tu recuerdo le oscurece el día,
y le ves llegar desde la ausencia, o el tedio,
o en los asientos donde esperan, en copuchas,
zapatos, copas, miradas,
gordas billeteras, toqueteos camuflados, saludables,
aliento de cigarrillos,
lo blanco contra la angustia, y mucho sudor,
variado sudor que condense el desánimo y la cólera;
desamparado y habitué, como babosa enigmática,
te deslizas como si ansiosa por entre las parejas
en formación, en tardanza temprana,
entre la esperanza y el asedio,
y le abrazas
y le besas
y hay una mirada de medusa,
y le efluvias tu magia
de dispuesta,
de cactus amoroso,
como si te alegraras de verlo,
como un pétalo de orquídea en sonrisa,
como si le hubieras estado esperando
y le dices
me alegro negrito que vengas,
porque basta la retórica,
te echaba de menos
y se miran a los ojos
y él te abraza y besa tu beso,
y tu no te quemas,
y sentado en el taburete, en la desazón,
donde emulan de vedettes, las eternas internas,
y todas obscuras mariposas doradas,
mientras dura son
la espera y su acalle,
te afirma entre las piernas,
observa,
con casi profesional desmesura,
palpa la textura de tu ropa
apegada a la piel que se despliega
realzada por apenas velas o escaparates,
te pregunta por tu vestimenta negra de tramposa,
de la primera vez:
esa que hace que parezcas de 15
y tan encantos deja en acceso a la intemperie
que no se sabe por dónde comenzar
la exploración de los rituales

del acercamiento
al intercambio

del yo busco que tú des aquello en la transaca
ofrecido por/en el ambiente de tus circunstancias

que si era pantalón imposible o vestido camuflado
y tú le recuerdas, otra vez, que era blanca
la malla lycra
esa azulina celestial en el recuerdo
y que qué regalo hiciste que no la usas.

El ritual cuando estás ocupada.

En el reservado, no,
para los intercambios sin reservas.

Donde dices: aquí no podemos
pero igual lo encubres porque los dobles
porque la oportunidad dorada,
y le ves llegar.

Entonces te avisan en rumor de tedio
y tú le envías mensajes para sostener la envidia
que la esperes
que ya te desocupas
desde donde un grillo pasa,
y su chirrido, lúgubre y preciso,

exterminado,
mudo,

y quedan unos tacos sordos,
que resisten su monótono reclamo.

Pero, por sobre todo, hay un cristal de sed,
esperando su trabajo,

y un colaless colérico reciente
              su abandono

cuanto cuidado que tengas

entonces, unas manchas grises cafesosas,
movedizas, como cucharillas sorprendidas,
aquietan su huida, por debajo del sofá,
como si a la escena interrogan su prestigio

Y queda un silencio incompleto, transpirado, suspendido,
como de agonía,         ciertamente de abandono.


Y cuando se encuentran en lo fijo,
él no te pregunta por tu malla de lycra
y tú sabes que la primera, media hora
será crucial
y difícil.

Porque si en el secreto hubieras,
sólo sabrías que estuvo    y marcha.

Pero la orquídea despliega
sus encantos vitales de máscara dispuesta
y sombras y colores y texturas
le dicen al indeciso llegado
que sí que se acerque y se atreva
cada uno de los visos
cada uno de tus aromas
le indican
no tu despliegue de orquídea experta
la encarnación de la dispuesta amada
la necesidad de perpetuarse
y se apega a ti
y se adentra en sus anhelos de avispa
y corre y recorre tu piel
dejando y llevando el polen de monedas
con que tú vives, orquídea cenicienta,
y él no vuela hacia otra pasión desorbitada
hasta no desahogar
por apenas un tiempo nada
sus ansias de perpetuación estériles.





FERNANDO REYES FRANZANI. Escritor, poeta y economista Chileno, nacido en Talca en 1945. Estudió Ingeniería Comercial en Economía, en la Universidad de Chile, y más adelante también Administración. Hizo post grados en Economía. Hasta fue Research Student en el Queens College Cambridge England. 1976-78). Aun cuando escribe desde la década del 60 y no ha parado nunca de hacerlo, todavía permanece inédito. Descubierto por su colega y compatriota, nuestra Consejera Literaria, Ana Rosa Bustamante Morales, Analecta Literaria tiene el privilegio de publicarlo por primera vez en su sección Punto de Partida.

Ana Danich

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Ana Danich
 
De Madrugada




Hoy a la madrugada desperté sobresaltado, no sabía si había soñado o era realidad, pero mi oído sensible me hablaba de un grito sobrehumano. No estaba seguro de dónde provenía, quizá de la calle, tal vez de la casa de algún vecino. No lo sé, lo que si sé, es que fue una llamada de alerta que hizo crujir mis dientes.

Estaba acostumbrado a escuchar esos gritos varias veces a la semana, pero hoy estaba particularmente sensible a los sonidos, oído de brujo, decía mi mujer, que nunca prestaba atención a nada, ni le interesaba.

En la oscuridad de la noche, me deslice en las tenues luces que se escurrían entre las cortinas recién lavadas y planchadas en la tintorería, bajé despaciosamente las escaleras y me arrimé al visillo de la puerta, como un gato que se acerca con sigilo a la presa desprevenida, con mi mano corrí suavemente la cortina, esperando no ser descubierto por algún transeúnte trasnochado que volvía quién sabe de qué lugar prohibido.

Recorrí con mis ojos la calle solitaria de un extremo a otro, ni los perros andaban por ahí, sólo las hojas del otoño que caían sin hacer ruido sobre las aceras húmedas.

Mientras la noche estallaba en los umbrales vacíos, pude ver las ramas de los árboles surcar los balcones vecinos con la impunidad de aquellos que no sabiéndose observados, dibujan figuras fantasmales sobre los frentes de las casas y se entrelazan en un dialogo de silbidos tenebrosos alentados por el viento de un inminente invierno.

Eran las 3,15 de la madrugada, lo sé porque el tren que pasa por la estación que está a cuatro cuadras de mi casa siempre es puntual, ese mismo tren es el que me ha hecho perder el sueño profundo que siempre tuve desde niño, el mismo que me arranca muchas veces del calor de las sábanas y me obliga, ya desvelado, a buscar dentro de mis ensueños la explicación de mis tensiones y angustias.

Aunque ahora recuerdo; sí... recuerdo:

Recuerdo que siendo niño, mis hermanos mayores, que gastaban bromas por doquier. Siempre entraban en mi habitación, vestidos con trajes viejos de mi padre o tules negros que mi madre había usado en el entierro de algún pariente, munidos de lámparas o velas debajo de sus rostros, cantando alguna canción procedente de mitos o leyendas norteñas; a modo de lamento decían: “La muerte te espera, te espera la muerte, cuando duermas también llegará para ti” . Hoy lo recuerdo nítidamente, mientras miro la calle desierta.

También recuerdo que mi padre, (no mi madre, porque a ella nada le importaba), los azotaba sin piedad cuando yo le contaba del calvario que me habían hecho pasar la noche anterior, y me pregunto:

-¿Por qué no corría a la habitación de mis padres cuando eso sucedía?-

Yo era un niño todavía, así que no se me podía tildar de cobarde, estúpido o imberbe; lo era, y mi edad me protegía de cualquier calificativo que pudieran atribuirme los demás. Sin embargo no corría aterrorizado a la habitación de mis padres...

Soportaba estoicamente el miedo que muchas noches mis hermanos infligían sobre mi ser desprotegido, pensando que algún día, cuando creciera ya no me tratarían como un tonto para practicar sus juegos diabólicos y la tortura terminaría cumplidos los años necesarios, cuando pudiera aprender a defenderme.

Claro está que los años pasaron y mis hermanos, ya crecidos, se dedicaron a molestar de diversas maneras a otros mas débiles que yo, sin embargo, cuando la madrugada se avecinaba, mi sueño se interrumpía y los fantasmas del pasado se apoderaban de mí como tropas maléficas, con rostros sangrantes de heridas putrefactas, donde pululaban insectos y gusanos que caían sobre mi cama y se metían entre las sábanas recién lavadas y planchadas, dejando un hedor nauseabundo y manchas negruzcas en los pliegues.

Mi madre me retaba, no entendía cómo cada tantos días mis sábanas aparecían hechas un asco (como ella decía), así que las mandaba a lavar y planchar a la tintorería, porque ella no podía soportar ver tanta inmundicia, y sus manos no podían tocar semejante asquerosidad, aunque fueran de su hijo...

La noche seguía su curso como un río oscuro que vertiginosamente desemboca en el mar, yo miraba alucinado detrás del vidrio de la puerta los árboles que oscilaban en un vaivén mágico, semejantes a esqueletos bailando una danza sombría al compás del bramido del viento.

No había encendido las luces, para no molestar el sueño de los habitantes de la casa. A mis espaldas sentí amenazante la oscuridad del hall, apoderándose de la estancia como un gigante que caía sobre mí para arrancarme el corazón y tragárselo impiadosamente.

Temía darme vuelta y ver el rostro del pasado, temía ver la silueta de mis hermanos arrastrándose como ánimas, temía su cántico ululante, temía regresar a la niñez...



ANA DANICH. Poeta y narradora argentina nacida el 22 de julio de 1957 en Rosario, Provincia de Santa Fe. Ha realizado diversos talleres literarios, entre ellos, el Taller de escritura en Biblioteca Argentina Juan Alvarez, profesora Celia Fontán; el Taller de lectura Biblioteca A. Juan Alvarez y el Taller de Tragedia Griega con el profesor Humberto Lobbosco.

Tres Narradores Rosarinos

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Tres Narradores Rosarinos 
del Taller De Narrativa 
de Leonel Giacometto




Alejandro Del Popolo

El Recuerdo 
De Tus-Mis-Ojos



Tengo el disparador entre las manos.  La  forma  es  de  un  pistilo  dócil  esperando  hundirse en  el  cuenco  duro  de  sus  pétalos.  Las manos las tengo unidas.  Están protegidas en el regazo.  Delante de mí está la Leica.  Está  en  el  trípode  con  su  elegante  solidaridad,  íntima,  con  la  hidalguía  de  la  reserva.  Desde  el  taburete  percibo  el  olor  del  cuero  macerado  de  la  empuñadura.  Es solaz, sencillo, vital.  Desde su centro percibo destellos del anillo del enfoque ranurado.  Estoy pensando.  Estoy pensando en recordar todo lo que veo.  Por  ejemplo,  desde  aquí,  desde  la  torre  del  taburete,  quiero  recordar  los  números  incrustados  en  el  aro  color  estaño.  Recuerdo el 0.45 que también es una fragancia.  Es  la  fragancia  de  la  tinta  alemana  que  se  hunde  y  se  bifurca  en  el  cero,  en  el  punto  redondo,  en  el  cuatro  y  en  el  cinco.  Cero  cuarenta  y  cinco  son  tres  palmos  de  distancia  a  las  flores  o  a  una  nariz,  o  a  la  frente  en  ceño  de  ella.  Quiero recordar porque me voy a ir.  Quiero  recordar  porque  quiero  llenarme  de  pasión,  de  este  aire  que  llena  el  espacio  que  hay  entre  la  Leica  y  yo.  He  unido  mis  manos  protegiendo  al  disparador  con  su  cuerpo  trémulo  y  quebradizo.  Me  he  puesto  la  blusa  que  más  me  gusta  y  la  que  uso  casi  todos  los  días.  También he esperado la tarde.  He esperado a un meticuloso rayo de sol.  Hace  días  que  mis  manos  vienen  capturando  los  pertrechos  necesarios  para  dar  con  ése  rayo  de  sol.  He  estudiado  la  tarde,  la  tregua  de  la  ventana  y  de  sus  cortinas.  Todas  estas  simples  tardes  he  refrenado  a  pulso  el  torrente  de  luz  que  cae  con  su  pico  de  ave  en  mi  cocina.  He  pensado  en  el  sólido  taburete  y  en  mi  cara  esperando  como  ahora  esperan  mis  manos  unidas.  He  pensado  en  la  señal  blanca  posándose  en  mi  rostro,  y  he  pensado  en  el  momento  de  sujeción  en  que  mis  manos,  como  ahora,  esperan  accionar  el  obturador  porque  sí.  Porque  el  lado  de  allá  no  es  como  lo  dice  Cortázar.  No  es  un  relato  de  nubes  que  pasan  cuando  uno  está  contando  una  historia.  No  es  una  conjugación  de  verbos  trastocados  porque  no  hay  tiempo.  No es infundir el espacio porque no haya espacio.  Porque  yo  soy  pasión,  el  tiempo  es  pasión,  el  espacio  es  pasión.  Porque  yo  cuento  mi  historia  de  miles  de  maneras  no  necesito  de  nubes.  O tal vez sí.  Algunas necesito.  Por  ejemplo  necesito  algunas  nubes  de  Córdoba  para  que  me  nublen  el  día,  pero  no  lo  suficiente  como  para  impedir  que  use  la  Leica.  Necesito  la  pose  de  Laura  con  el  desenfado  de  sus  pantalones  cortos  que  convierten  a  sus  piernas  en  espigas.  Posa desenvuelta, con las manos como señalando al camino.  El gesto a medio hacer y la sonrisa completa.  Amo  a  esta  mujer,  desde  aquí,  desde  el  siempre,  como  la  amé  desde  allí,  desde  Córdoba,  con  su  paisaje  pequeño  de  arbustos  que  no  se  animan  a  volar  y  los  cerros  no  se  animan  a  crecer.  Laura está casada, con dos hijas.  Yo soy soltera, desde el siempre.  Tal vez por eso mis ojos oculten cosas.  Tal vez por eso sean bellos.  Por eso he preparado el taburete.  He  ido  eligiendo  la  luz  todos  los  días  para  que  diera  sobre  él.  Del  tiempo  he  hecho  un  almácigo  y  me  he  ido  comiendo  sus  frutos.  Pero yo no soy sola.  Por eso traje a la Leica.  Porque  es  una  máquina  que  respira  tiempo  y  se  lo  come  a  borbotones  glosados,  y  porque  me  necesita.  Yo guío su diafragma.  Tranquilizo su obturador.  Esto  lo  aprendí  desde  que  estoy  aquí,  en  el  lado  de  allá,  en  el  lado  que,  si  yo  terminara  de  creer,  vería  nubes  atravesar  relatos.  Pero  de  alguna  manera  ya  lo  sabía  cuando  estaba  en  el  lado  de  allá.  Por  eso  la  Leica  estaba  siempre  conmigo,  aunque  yo  creyera  manejar  la  belleza  moviendo  palanquitas,  abriendo  y  cerrando  aberturas,  de  la  misma  manera  que  cuando  uno  es  chico  y  mira  el  mundo  a  través  de  un  puño  apenas  abierto,  con  el  ojo  libre  bien  apretado  en  párpados,  y  esa  pequeña  mano  que  es  un  tubo  y  trata  de  aprehender  lo  que  hay  afuera.  Así  la  estoy  mirando  a  Laura  que  posa  para  mí,  en  este  sol  que  a  veces  descubre  las  nubes.  Me  pregunto  si  en  la  foto  saldrán  estas  ganas  de  tenerla,  porque  por  este  pequeño  tubo,  que  no  es  mi  mano,  trato  de  saber  cómo  aprehender  su  pecho,  cómo  llenar  su  sonrisa  y  de  mostrarme  que  lo  único  verdaderamente  vivo  que  hay  aquí  es  ella.  Pero  la  foto  sale  así,  ella  un  poco  lejos,  pero  central,  con  la  fuerza  imaginativa  en  sus  ojos,  sus  brazos  como  señalando  el  camino,  la  vegetación  pobre,  pero  con  la  vehemencia  retorcida  de  sus  espinas  y  yo  la  veo  con  las  piernas  ágiles,  flacas  de  adolescente,  con  una  sonrisa  que  me  elige  a  mí,  y  yo  también  aparezco,  involuntaria,  porque  el  sol,  que  a  veces  aparece,  le  da  en  la  cara  y  entonces  mi  sombra  crece,  se  estira  y  avanza  sobre  el  encuadre,  y  mi  sombra  sigue  en  movimiento  aún  en  la  foto,  porque  para  sorprenderla  utilicé  mi  cintura,  para  tomarla  por  los  ojos  utilicé  mi  cuerpo  y  desplacé  mi  cadera,  acompañé  a  la  Leica  que  la  seguía  inspirada  en  sus  hombros  descubiertos;  la  Leica  con  su  gran  boca  ávida  de  tiempo,  con  su  cuero  con  regusto  a  animal,  a  becerro  rojo  montañoso,  a  sudor  de  fuego  de  mis  manos  y  mis  anhelos.  Entonces tratando de encontrarla aparezco.  El  sol  se  ríe  de  mí,  revela  mi torpeza  y  me  proyecta  como  un  obscuro  cuerno  elevado,  taciturno,  un  extraño  hombre  milenario  con  sotana,  en  busca  de  agua.  Y  es  mi  figura  obscura  la  que  me  recuerdo,  de  este  lado,  sosteniendo  una  fotografía,  la  mía,  la  otra,  la  que  aparezco  con  la  blusa  que  más  me  gusta,  la  fotografía  terminada,  con  un  solo  rayo  en  la  cara,  envuelta  en  espacio  negro,  igual  que  este  eterno  ahora  donde  puedo  conjugar  cualquier  tipo  de  tiempo,  donde  el  espacio  es  pasión,  es  mi  ojos,  los  tuyos,  y  mi  comisura  que  se  alarga,  sin  separar  los  labios,  como  un  brumoso  y  acariciador  puñal.


ALEJANDRO DEL POPOLO. Nació el 16 de enero de 1970 en Rosario. Ingeniero de profesión y fotógrafo de vocación, ha realizado varios talleres de escritura, uno coordinado por la escritora Andrea Ocampo y actualmente con el dramaturgo y escritor Leonel Giacometto.






Paula Escudero
Tiempo Muerto


   
Estoy en la sala de espera del sanatorio y las caras son siempre las mismas. Algunos hombres se dedican a dormir, y emiten ronquidos con la boca tan abierta, que podrían tragarse a la persona de al lado. Son los mismos a los que a veces, en un gesto impúdico, y sin detectar la presencia de otros, les cuelga la baba en un hilo blanquecino, casi invisible, y son los que seguramente, despertarán de un salto cuando el médico los llame por su apellido. Entonces no tendrán ni tiempo de desperezarse, ni de arreglar los dos pelos locos que se les caen sobre la frente y aún resisten.

Nadie parece sumamente entretenido. Las caras son repetidas. De cansancio, de aburrimiento, de bronca. Una nena que tendrá unos seis años se sienta en el piso de cerámico y saca un rompecabezas del bolsillo del pantalón. Intenta armarlo durante largos minutos hasta que lo logra. Arma y desarma la escena una y mil veces. Frunce el ceño, cambia de posición. Primero se sienta en canastita, luego en cuclillas y al final se cansa de todo. Tira todas las piezas por el aire y se para. Observa al resto de las personas. No les saca la vista de encima. La mayoría le baja la mirada y finge no verla, como si no existiera. Otros le sonríen con un gesto forzado, como si fuera una obligación caerles bien a los chicos. La nena da vueltas en círculo y comienza a llorar a los gritos. Un hombre de barba canosa, con un traje a rayas, la llama por un nombre que no llego a comprender, y ella se tranquiliza. Pocos segundos después, la nena se queda dormida en los brazos del hombre, y vuelve el silencio a invadirlo todo. Mientras, trato de leer una revista que por lo menos tendrá diez años, y cuyos chismes ya han sido develados en exceso. Mis ojos intentan cerrarse y las horas no pasan más. Miro una a una las puertas rectangulares con números. Cada consultorio es un mundo privado. Casi ni se escuchan voces desde el interior, y sólo puedo detectar la palabra "Gracias, doctor". Esa es la clave para saber si por fin me tocará entrar. Otras quince o veinte personas ocupan sus asientos con desgano, y de vez en cuando, persiguen con la vista las agujas del reloj que adorna la pared. Una mujer camina por los pasillos y golpea todas las puertas de los consultorios. Viste un guardapolvo blanco, lleva el pelo recogido en un rodete a punto de desmoronarse, y un par de zapatos que quizás en alguna época fueron blancos. Pero ahora sólo tienen raspaduras. Luce las mejillas enrojecidas y el maquillaje un poco corrido. Le brillan los ojos como si hubiera llorado durante largas horas, y todo lo que hace es seguir caminando y golpeando puertas. Lo curioso es que nadie le abre, pero no abandona su costumbre de chocar los puños con determinación. Cuando termina, otra vez vuelve a comenzar. Y yo formo parte de ese grupo de ojos que la mira con extrañeza pero que finge no verla.
   
Una chica llega a los apurones. Se queda apoyada en la pared, en ese pequeño espacio que existe entre el matafuego y un cuadro falso de Miró. Es demasiado alta. Las piernas le sobran y lleva un pañuelo de colores atado a la cabeza, de la misma forma que lo usan los piratas. Tiene la tez blanca como la leche. Y no veo ningún pelo que asome por debajo del pañuelo. Donde se unen el cuello con la oreja izquierda luce un tatuaje. Un ataúd con corazones. Cierra los ojos y sólo los abre cuando sale algún médico para llamar a los pacientes por el apellido. La médica que tiene el consultorio cerca del matafuego sale a la puerta, y eleva la voz para llamar. Recorre con los ojos todo el espacio pero nadie se levanta de su asiento. Nadie se da por aludido. A la tercera vez, la médica frunce la boca en un ademán de incertidumbre y cierra la puerta. La chica del tatuaje sigue apoyada en la pared junto al matafuego.
   
Miro mi reloj y compruebo que ya han pasado dos horas. Las plantas de interiores se desmayan sobre  los macetones de mármol. Escucho la voz lejana de la recepcionista, que explica a una mujer de voz anciana los trámites que tendrá que realizar para internar a su marido. Dos veces le repite la misma historia. Es como una secuencia. La mujer de voz anciana y grave, pregunta de nuevo las mismas cosas. La recepcionista, con un tono que demuestra impaciencia, levanta la voz. Se escucha el silencio que ambas dejan. Después nada. Una señora alta, de pelo ralo y ojos muy azules me toca el hombro. Su aliento me roza la mejilla. El reflejo de la luz que choca en sus anteojos me despierta de mi estado de vigilia. Me pregunta exactamente lo mismo que le ha preguntado a la recepcionista. Salgo de mi estupor y le digo todo de memoria. Sonríe y me agradece. Se sienta cerca de mí, en el único lugar que queda libre.
   
Dos hombres entran a la sala de espera. Uno lleva un bebé, colgado de una de esas mochilas. Cuando el bebé llora, usando la fuerza máxima de sus pequeños pulmones, uno de los hombres lo toma en brazos y le relata un partido de fútbol. Primero en una voz baja, tan baja que resulta inaudible. Luego gana entusiasmo y comienza a gritar. Nombra a jugadores de fútbol, insulta al réferi y lagrimea lágrimas de emoción. El bebé parece calmarse. El otro hombre se sonroja, y lo vuelve a poner en la mochila. Ambos se sientan cuando una pareja abandona sus lugares. La gente los mira y no entiende nada. Entonces el nene llora de nuevo. Más fuerte, más fuerte.
   
Más fuerte.
   
El relator improvisado de fútbol, se para con el bebé en brazos y vuelve a la carga. Por momentos, el hombre grita tanto que una chica con guardapolvo rosa (supongo enfermera) le ruega que baje el tono de voz porque de lo contrario llamará al empleado de seguridad.  La situación se repite. Un señor de mínima estatura, con hombros muy anchos, nariz de boxeador y cara de Bulldog, se acerca a los dos hombres y los invita gentilmente a retirarse.  Lleva un uniforme color verde militar, con una insignia que dice seguridad en el hombro derecho. Los saca de la sala de espera en pocos minutos. Luego el hombrecito se calza una campera de cuero ajustada al cuerpo y se va por la puerta principal. En unos minutos, los hombres del bebé reaparecen. El nene rompe en llanto.


PAULA ESCUDERO nació en Rosario el 25 de abril de 1973. Durante 4 años fue columnista de la revista rosarina ADN y para el semanario ADN. Allí se dio el gusto de escribir columnas de humor como Sálvese quien pueda y Esta boca es mía. Además expuso su visión de la realidad en Las 2 campanas. Participó del taller de narrativa de Rosy Mendicino durante dos años y le tomó el gustito a la literatura y a los debates con los compañeros. Luego cambió de aires y siguió por el mismo camino junto a Jorge Barroso. Actualmente, y desde hace dos años, forma parte del taller de narrativa coordinado por Leonel Giacometto.







María Soledad Merindol
Cuerpo Desconocido


    
Ella sólo quería que le rompiesen el culo. Quería sentir en su propio cuerpo lo que sentía él lejos de ella. Quería entender por qué él se había ido. Ella sabía que no quería exponerse una vez más y sólo se entregaba a relaciones pasajeras que cumplieran con el mandato que impartía: "sólo el culo", decía ella. No buscaba promesas de amor eterno, ni relaciones extensas. Quería saber que si, de haberlo hecho antes él, seguiría a su lado. Entendió que él se fue buscando en otros lo que ella no le entregó. Se preguntó una y mil veces qué fue lo que hizo que él cambiara tanto, que ya no la quisiera, que sus palabras dulces se transformaran en afilados dardos. Quiso entender con la cabeza lo que el corazón le demostraba a cada paso. No pudo hacerlo hasta que él le dijo que su decisión no iría a cambiar, que la dejaba para siempre y que no preguntara las razones porque no las había, simplemente había dejado de quererla. Ella vio como él hizo sus valijas y se fue. El tiempo ayudó a sanar las heridas pero no a olvidarlo, a dejar de pensar en él durante todas las horas del día, a imaginar cómo sería su vida si aún siguieran juntos. Y un día, de pronto, se lo cruzó en un bar. Pensó que todas sus súplicas habían sido oídas. Pero no. Él la saludó y le presentó a Andrés, su pareja. Ese día se fue con alguien recién conocido con una única idea rondando en su cabeza. Quería quitarse la bronca y no le importaba cómo ni con quien. Sólo quería hacerlo de una vez y dejar atrás todo lo que sentía. Esa noche sintió que su cuerpo se rompía en mil pedazos cuando aquel cuerpo desconocido la penetraba por atrás tal como ella le había pedido. Sintió ganas de llorar, de escapar, de quedarse sola, pero se guardó las lágrimas hasta que quedó sola en el vacío de su cama. Entonces desahogó toda su pena, su rabia, su dolor y se prometió no volver a llorar por un hombre. Desde ese momento todos pagarían por él. Quería vengarse de él sin pensar en ella misma. Noche a noche buscó quién llevarse a la cama. Buscó en todas partes. Sin reparos ni miramientos todos eran recibidos por ella. Uno a uno cumplieron con la promesa que le hicieron al entrar en su cama: no tocar más allá del conducto anal. Ellos cumplían con su promesa y ella creía vengarse de aquél cuerpo que se le negaba. Poco a poco todo su ser se fue modificando, tomando otra forma, quizás por el tiempo que llevaba obligándose a ser otra, a adaptar el cuerpo a una posición que la hiciese sentir menos deseada y menos mujer. Cada día que pasaba era un día menos que le quedaba para completar su plan. Quería sentirse un hombre. Pensar como un hombre. Vestir como un hombre. Verse, por dentro y por fuera, como un hombre sólo para él. Hasta que eso no sucediera no lo daría por acabado. Sin embargo, en un instante todas sus ilusiones se truncaron. Sintió que era el momento en que todo se solucionaría, que él entendería que era a ella a quién buscaba, que había llegado el instante anhelado. Mientras ella se veía más masculina, él se veía más femenino. Ella vestida de la manera que se veía él, como si se vieran a un espejo, los mismos gestos, las mismas poses, la misma ropa. Todo igual. Los dos parados frente a frente en el pequeño espacio que ocupaba una baldosa, mirándose, observando cada detalle el uno del otro. Ella buscaba las razones, intentaba responderse las preguntas que se sucedían en su cabeza, quería entender el por qué del abandono. Entonces supo que no había respuestas que dar, ni palabras que emitir. Un beso en la mejilla bastó para que continuaran con sus pasos. Él se fue detrás de Andrés. Ella se fue del lugar quitándose los despojos de la masculinidad al tiempo que buscaba la salida.


MARÍA SOLEDAD MERINDOL, nació en Rosario, Santa Fe, en 1981. Realizó talleres con Cristina Lescano entre los años 2001 y 2008. Participó de la Antología Artesanos entre líneas II (Editorial Cuenta Conmigo, 2008). Actualmente, y desde hace dos años forma parte del taller de narrativa coordinado por Leonel Giacometto.

William Scholl

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William Scholl*
Ortografía



El tipo entró en la habitación, dejó la valija en el piso, y respiró hondo.

El viaje había resultado más cansador que lo esperado. La ruta había estado bastante pesada, por el cambio de quincena, y la aguja de la temperatura del agua siempre al borde de la zona roja le había alterado los nervios durante la mayor parte del trayecto.

Pero ya estaba de vacaciones. El hotel no estaba tan mal, después de todo: TV en la habitación, con equipo de DVD incluído, y una amplia oferta de títulos en la recepción. Aire acondicionado, frigobar, y una ventana con una buena vista al médano detrás del que se podía adivinar la playa.

Sobre la mesita de luz, lo usual: algunos soportes de acrílico con los horarios del comedor, los precios de los servicios del spa, y un aviso acerca de la recomendación de no fumar en la habitación, advirtiendo sobre la presencia de un sistema para la detección de humo. Dirigió la mirada hacia el techo, pero no vio ningún dispositivo que pudiera cumplir esa función.

Se sentó en la cama, mullida y con olor a limpio. Pensó que en la semanita que tenía por delante, si lograba desenredarse de la maraña de preocupaciones laborales que todavía le daba vueltas en la cabeza, tal vez podría descansar como para recomenzar el año con un poco de energía extra.

Se paró, y mientras exploraba los canales de la televisión, encendió de manera automática un cigarrillo y le dio una larga pitada.

Alcanzó a hacer zapping nada más que durante un par de segundos, porque lo interrumpió un pequeño hombrecito que salió del placard.

Era delgado, enjuto. Estrecho de hombros, por contraste la cabeza parecía exageradamente grande, con una forma que recordaba a un triángulo con el vértice apuntando hacia abajo. La piel de la cara de una tonalidad grisácea. El cabello del mismo color, peinado hacia atrás, con dos entradas profundas. Las cejas tupidas enmarcando un par de ojos muy negros, con un brillo llameante. La nariz afilada, los labios fruncidos. Vestía un traje gris, con chaleco, y una delgada corbata, de un oscuro e indefinido color. Bajo su brazo izquierdo llevaba una carpeta, gris.

Dando pequeños pasos se acercó hasta quedar frente a él, y enarbolando el índice de su mano derecha, le dijo, con una voz aguda y metálica:

-Señor, voy a tener que proceder.

El tipo lo miró con los ojos como el dos de oro, sin dejar de apuntar con el control remoto al televisor, y con el cigarrillo colgando de su labio inferior.

El hombrecito se puso en puntas de pie, y con un rápido movimiento, le arrancó el cigarrillo de la boca, llevándose pegado al filtro un pequeño trocito de la piel del labio, lo que hizo que al tipo le saltaran lágrimas de los ojos.

Sacó de un bolsillo del pantalón un diminuto cenicero de metal, y una bolsita de plástico transparente, como las que se utiliza la policía científica para recoger evidencia.

Apagó el cigarrillo en el cenicerito, lo observó un instante mientras lo sostenía entre el pulgar y el índice, y lo puso dentro de la bolsa a la que cerró herméticamente. Luego devolvió el cenicero al lugar de donde lo había sacado, y guardó la bolsita en un bolsillo interno del saco.

Todo el procedimiento demoró unos pocos segundos, y fue ejecutado con profesionalidad.

A continuación, abrió la carpeta gris, y, comenzó a garabatear frenéticamente en un formulario con carbónico. Se quedó con el original, arrojó la copia sobre la cama, y salió de la habitación cerrando la puerta tras de sí.

El tipo, que todavía tenía el control remoto en la mano, y no terminaba de comprender lo que había ocurrido, volvió a sentarse en el borde de la cama, y se estiró para tomar la hoja que el hombrecito le había dejado.

En cuanto las manos le dejaron de temblar, consiguió leer:
FUENTE DE ORIGEN: Cigarrillo marca Marlboro
CONTENIDO: Volutas cargadas de indisimulable sensualidad, sugerentes de figura femenina desnuda, ejecutando movimientos de alto contenido erótico.
CALIFICACIÓN: No apto para su exhibición, tanto en ámbitos públicos como privados. 
PROCEDIMIENTO: Secuestro de la fuente de origen.

Absolutamente confundido, levantó la vista, y su mirada se cruzó con los carteles de la mesita de luz.

Volvió a prestar atención a uno de ellos, y esta vez lo leyó con detenimiento:

Sr. Pasajero
Por su seguridad, las habitaciones cuentan con censor de humo.
Por favor no fumar dentro de las mismas

El tipo se prometió que, en lo sucesivo, al leer carteles, no pasaría por alto ni el más sutil error de ortografía.





* WILLIAM SCHOLL, es el pseudónimo de ADRIÁN LESCANO, médico y narrador argentino, nacido en Buenos Aires en 1958. Su obra aún permanece inédita.

Presentación

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 ¿Qué es Punto de Partida?



Punto de Partida es el punto en que alguien inicia algo. Puede ser un camino o un proyecto o una obra.  En este caso, Punto de Partida es una nueva sección de Analecta Literaria que se propone como el inicio del camino, el proyecto o la obra de un escritor novel. Por lo tanto,  equivale a fijar  la escritura de un autor novel como paso inicial de su camino o proyecto literario. Punto de Partida nace como un espacio destinado  exclusivamente al autor novel, o sea, al escritor que todavía no ha publicado su obra, al autor que permanece inédito más allá de su edad cronológica. Novel es el principiante en alguna actividad, el autor inexperto que aún no ha desarrollado todas las posibilidades de su capacidad creadora, que todavía está a la búsqueda de un estilo propio y no ha alcanzado la cima de su oficio. Un escritor novel no es necesariamente un autor sin formación técnica ni carente de visión estética ni, mucho menos, de calidad literaria. Se trata ante todo de un autor primerizo que incursiona en las letras sin haber publicado su obra, la misma permanece inédita, sin importar que el autor sea prolífico.

En su afán de fomentar y potenciar las vocaciones literarias, Analecta Literaria ha creado esta nueva sección para autores noveles. Con ello, pretendemos seguir apostando a una labor de promoción literaria siempre movida por el interés de encontrar nuevas voces para nuestras letras hispanoamericanas. De esta forma buscamos convertir a Punto de Partida en un espacio nuevo y en un lugar de encuentro para autores noveles, apuntando siempre no sólo a la novedad y originalidad de la creación literaria, sino en una cita obligada entre los nuevos autores y sus lectores. Pero ninguno de los valores que pretendemos fomentar sería posible sin un sistema de arbitraje compuesto por jueces cualificados, por lo general,  escritores de sólida trayectoria y reconocido prestigio internacional, que será el mejor modo de garantizar que la calidad literaria sea el único referente y criterio de cara a la selección. Sólo nos queda dar las gracias a todos los que nos visiten, animarlos a que participen y desearles el mayor éxito.